Los Lobos del Anochecer [PARTE 2] - WEIRD TALES (1923)
Las extrañas aventuras de Ah Wing Reach
Un asombroso final en la entrega conclusiva de
Los Lobos del Anochecer [PARTE 2]
Por PAUL ELLSWORTH TRIEM
Título original: The Evening Wolves
Weird Tales | Volumen 1 | Número 5 | JULIO 1923
Pp. 74-76 A 94-96.
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CAPÍTULO NUEVE: DOC HACE UN DESCUBRIMIENTO
Monte y “Doc” se alejaron en silencio de la cabaña, rumbo a la casa de Ah Wing. Una sensación de catástrofe inminente pesaba sobre ellos, y ninguno se esforzaba en ocultarla.
Avanzaron con cautela por el camino de grava que conducía a la gran casa. Rodeando el ala oeste, se apostaron entre los arbustos.
—Tengo la idea de que un hombre podría entrar por una de esas ventanas —dijo Monte en voz baja, señalando los paneles iluminados de la suite del Coronel Knight—. Claro que podríamos forzar una de las rejas o usar una sierra, pero no creo que sea necesario… ¡Billy podría pasar entre ellas si estuvieran un poco dobladas!
“Doc” asintió.
—Eso parece desde aquí —convino—. Podría ser una buena idea…
—¡Chist! —susurró Monte en advertencia.
Una puerta se abrió cerca, y escucharon pasos deliberados subiendo una escalera. Desde donde estaban, la puerta del sótano era invisible, pero al instante apareció la alta figura de Ah Wing. Llevaba algo que parecía un cesto de alambre.
El chino se volvió y se alejó de la casa. A medida que sus pasos se desvanecían, Monte salió del refugio de los arbustos.
—Quédate aquí y vigila la casa —ordenó—. ¡Voy a averiguar qué trama ese demonio amarillo!
Se internó en la oscuridad, y “Doc” quedó solo. En cierto modo, esto le convenía: quería pensar.
“Doc” había notado signos de abierta rebelión entre sus compañeros, y esa percepción le causaba inquietud. A pesar de su indolencia habitual, era observador y reflexivo. Había leído mucho sobre la historia del crimen organizado, y sabía que la fase a la que había llegado la banda llamada “Los Lobos del Anochecer” era peligrosa para cada uno de sus miembros. Monte no había logrado mantener unidos a los hombres. La banda se estaba desintegrando.
Inexplicablemente, la mente de “Doc” volvió al origen de aquella guerra entre el Conde Von Hondon y los lobos. Probablemente él sabía más del asunto que nadie, salvo el propio conde. Había sido la relación de “Doc” con cierta actriz famosa lo que hizo posible el robo original de las joyas.
Por medio de aquella mujer frívola se enteró de la intención de una antigua bailarina —cuyas aventuras con la realeza habían entretenido al mundo— de legar, al morir (su final era inminente por una enfermedad incurable), el célebre Colgante de la Resurrección a Madame Celia. “Doc” se las ingenió para hacerse amigo de la Madre de los Desamparados, y trabajó tanto en ganarse su confianza que llegó a ser su representante acreditado. Cuando se cumplió el legado, las joyas fueron confiadas a las manos de este ladrón internacional y estafador para su traslado al banco.
Una imagen se presentó ante los ojos del vigilante frente a la casa de Ah Wing: volvió a ver el rostro de Madame Celia, tal como lo había visto por última vez. El colgante estaba entonces en manos del Conde, que se había marchado sin aviso. Y “Doc” se había tomado la molestia de observar cómo se veía alguien que había perdido de golpe un rescate digno de un rey. Vio a una anciana con un rostro inmóvil y cansado. Vivía en la pobreza, abandonada incluso por aquellos a quienes tanto había ayudado.
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Dentro del apartamento del Coronel Knight podía oír pasos regulares. Con cautela, “Doc” trepó al árbol de pimienta y se quedó con la cabeza apenas por encima del nivel del alféizar. Desde allí podía ver al antiguo líder de los lobos, paseándose por la habitación, las manos entrelazadas tras la espalda y un cigarro inclinado en la comisura de la boca.
Knight se acercó lentamente a la ventana. La luz le dio de lleno en el rostro, y “Doc” se asombró del cambio que había sufrido: el viejo color sonrosado se había tornado en un amarillo sucio, y bajo los ojos colgaban bolsas de carne hinchada por el agua.
El hombre en la habitación iluminada se detuvo y miró hacia una mesa de lectura. Sobre ella había un periódico, que apartó. En la mesa descansaba una caja forrada de cuero; tras contemplarla con avidez durante unos minutos, el coronel la abrió y sacó algo que sostuvo hacia la luz.
—¡Mío! —pudo oír el observador—. ¡Todo mío… y pronto seré libre de hacer con ello lo que me plazca!
“Doc” descendió del árbol, con el corazón latiendo sofocantemente. Allí dentro, a menos de seis metros de su escondite, había una fortuna. ¡Y un solo golpe rápido lo convertiría en su dueño! Su mente giraba mientras la indolencia y la codicia luchaban por dominarlo. La primera le aconsejaba esperar. La segunda le urgía a actuar de inmediato, por sí mismo.
—¡Podría entrar mientras ese chino está fuera! —meditó—. Esas rejas…
Salió del refugio de los arbustos y cruzó con cautela hasta la esquina del ala trasera. Allí había un cesto metálico, evidentemente destinado a contener recortes de césped. “Doc” lo levantó y lo colocó bajo la ventana. Luego miró alrededor y escuchó. Sabía que estaba jugando un juego desesperado.
Entonces pensó en la masa de diamantes centelleantes, y en los días fáciles en París y Londres que le comprarían. Abandonaría América y viviría tranquilo y con arte…
Se subió lentamente al artilugio metálico. Aún podía oír los pasos inquietos del Coronel Knight.
Centímetro a centímetro, se acercó a la barra inferior, hasta que sus dedos descansaron sobre ella. ¡Estaba floja! En realidad, demasiado floja. Una sospecha atravesó la mente del ladrón: ¡era algún tipo de trampa!
Saltó al suelo y volvió a colocar el cesto. Se le había ocurrido un plan mejor: esconderse en el pasillo del sótano y deslizarse detrás del chino cuando éste regresara.
“Doc” había tomado ya su decisión: actuaría por sí mismo. Toda indecisión había desaparecido. Era como si una voluntad más fuerte se hubiera apoderado de él, empujándolo hacia aquella empresa arriesgada. Pero aquellos largos años de disfrute ocioso… valían el esfuerzo.
Se deslizó pegado a la pared del sótano y se acercó a los escalones que descendían hasta la puerta. Allí se detuvo a escuchar: ningún sonido, salvo el silbido lejano y ronco de un vapor. Bajó los escalones y se detuvo. Se le ocurrió que la puerta podía estar abierta. Probó el picaporte.
Al instante abrió la puerta en silencio y escuchó. Nada… salvo un extraño olor a humedad que le golpeó las narices. Miró dentro, pero la oscuridad era tan espesa que parecía un muro sólido. Sus ojos aún no se habían adaptado al cambio desde el aire libre.
El ladrón entró. De inmediato la puerta se cerró tras él, y al girarse para buscar el picaporte hizo un descubrimiento sorprendente: no había picaporte en ese lado.
Se quedó muy quieto, tratando de comprender. Una puerta sin picaporte…
En la oscuridad algo se movía, y de pronto llegó un sonido que le erizó el cabello en la nuca. No era un ruido familiar: parecía un chorro continuo de vapor, o como arena golpeando el fondo de un cubo de hojalata.
Y aquel olor lo envolvía. Sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra, y miró rápidamente alrededor. Nada…
Había sacado su pistola, y ahora dio un paso adelante. Un crujido se oyó, por encima de aquel horrible silbido. Sus rodillas temblaban, y sabía que estaba al borde del pánico. Aquella trampa… eso era, comprendió de golpe. Había caído en algo preparado para él.
Al otro lado de la habitación distinguió ahora una puerta, y hacia ella corrió. Debía salir de allí antes de que aquel horror oculto se revelara. Palabras incoherentes brotaban de sus labios: juramentos sollozantes y plegarias, extrañamente mezclados. Estaba a medio camino… lo lograría…
Y entonces, justo delante de él, descendió desde la oscuridad algo que parecía un enorme tubo flexible. El silbido le golpeó el rostro. Algo le alcanzó la garganta, y fue atrapado por unas fauces de acero que lo levantaron del suelo.
Antes de que pudiera gritar, una espira de aquella cosa redonda que lo había atacado se ciñó a su cuello: otra, y otra más, y todo lo que quedó del hombre que había robado a Madame Celia, Madre de los Desamparados, oscilaba como un péndulo entre el suelo y el techo.
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Ah Wing, al pasar por la sala del sótano media hora más tarde, se detuvo ante un espectáculo curioso: una cosa amorfa, sin espina dorsal, que alguna vez había sido un hombre, custodiada por una gran serpiente. El pitón estaba enroscado como un enorme cable de barco alrededor del cadáver del ladrón.
Los ojos del chino brillaron mientras cruzaba la habitación y se dirigía a un aposento en el segundo piso. Allí tomó asiento ante un escritorio y examinó un cuadro clavado en la pared.
Deliberadamente trazó una cruz frente al nombre del lobo muerto.
—¡Queda uno! —dijo—. ¡Uno… y mi invitado!
CAPÍTULO DIEZ:LA PISCINA DE LA MUERTE
Cuando Monte Jerome siguió a Ah Wing de regreso desde el canal, miró cautelosamente alrededor en busca de “Doc”.
Este había desaparecido, pero Monte se mantuvo tenazmente en su puesto hasta las cuatro de la mañana. Había esperado ser relevado por Billy y el “Kid” a las dos, pero no oyó nada de ellos. Empezó a sospechar que sus seguidores se habían unido contra él.
—¡Si han hecho alguna jugada, estarán corriendo de vuelta a la ciudad! —se dijo—. ¡Tendrán que alcanzar el ferry de las seis! Bueno, quizá yo mismo esté allí…
La fría luz de la madrugada se filtraba sobre los pantanos cuando regresó a la cabaña. Una lámpara ardía en la sala delantera, pero por lo demás la pequeña casa estaba a oscuras. Monte entró silenciosamente y, por costumbre, colgó su gorra en el perchero del vestíbulo.
Luego entró en el salón iluminado, y un juramento sorprendido escapó de sus labios: Billy el Estrangulador yacía con su rostro de lobo vuelto hacia el techo, los párpados caídos, la boca abierta. Un charco de sangre en el suelo contaba su breve historia.
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Monte se quedó un momento mirando al hombre muerto. Luego se volvió y caminó apresuradamente por el pequeño pasillo que conducía a su propia habitación. Descubrió que allí nada había sido alterado.
De pronto, una voz sonó, aparentemente a su espalda:
—¡Ah, señor Jerome, nos acercamos a la escena final de nuestro pequeño drama! La codicia y la sospecha han hecho su trabajo. Dos de sus hombres se han asesinado entre sí…
Con el gruñido de una fiera, Monte giró y salió corriendo de la habitación. Atravesó el salón y subió de un salto las escaleras. Arriba tropezó con algo, que al instante descubrió ser el cuerpo del “Kid”. El pistolero muerto sonreía…
De nuevo la voz resonó, esta vez desde la dirección del dormitorio del “Kid”.
—¡Codicia, sospecha y superstición! No he tenido que alzar mi mano contra ninguno de estos hombres, señor Jerome. El primero en caer fue atrapado en aquella ventana del extremo. Es un invento mío, dispuesto con contrapesos y palancas multiplicadoras: el marco de la ventana es de acero. Traje el cuerpo y lo coloqué en una de sus camas, por el efecto psicológico. Sabía que algunos de sus hombres eran ignorantes y supersticiosos, señor Jerome, y quería sacudir sus nervios. Lo logré. El cuerpo del hombre que usted dejó de guardia cuando me siguió por el pantano esta noche será enterrado decentemente. Se encontró con uno de los vigilantes de mi puerta…
Monte lanzó un grito ronco al entrar en el dormitorio. Levantó una pesada silla y se dirigió contra la pared, detrás de la cual provenía la voz. Al alzar la silla, la voz habló una vez más:
—Creo que la réplica del famoso colgante le interesará. Hice fabricar dos de estas imitaciones. Una la coloqué en el cajón del aparador abajo. Sabía que el hombre que la encontrara intentaría ocultar su hallazgo, y contaba con que sería observado. Me parece que eso fue lo que ocurrió…
Con un bramido de furia, Monte descargó la silla. Golpeó la pared y atravesó listones y yeso. Otro golpe despejó los restos, y pudo ver el mecanismo del que procedía la voz.
—Otro invento mío —informaron los tonos metálicos—. Una adaptación del principio del altavoz, más un dictáfono. Esto me ha permitido captar gran parte de la conversación que se ha desarrollado en su cabaña, y seguirlo a usted y a sus amigos de habitación en habitación. Tenía todo preparado antes de ir a la ciudad a visitar la exposición de arte. Esta era la única casa cercana a la mía, y estaba seguro de que usted la ocuparía. ¡Ahora me despido de usted, señor Jerome! ¡Es necesario que parta!
Monte Jerome apretó los dientes y luchó contra la desesperación que lo asaltaba. Ah Wing casi con certeza se dirigiría al sur, hacia el ferry. Y Monte tomaría el barco por la línea interurbana.
Media hora más tarde, envuelto en un impermeable de cuello alto, estaba entre los pasajeros de la cubierta inferior.
Delante, se hallaba la limusina azul, con dos pasajeros además del chófer chino. Monte se mantuvo detrás hasta que el barco se acercaba al muelle de la ciudad, y entonces avanzó. Su plan era contratar un taxi.
De pronto se detuvo. De la máquina de Ah Wing había descendido una figura alta. Monte vio al chino hablar con el hombre del volante, y luego unirse a los viajeros en la plataforma delantera.
La mente del delincuente trabajó rápido. Estaba seguro de que el otro pasajero en la limusina era el Coronel Knight. Si Ah Wing abandonaba el barco a pie, como parecía dispuesto a hacerlo, sería imposible para Monte seguir al chino y al hombre blanco. ¿A cuál debía aferrarse?
Sin vacilar, decidió que Knight podía esperar y que Ah Wing tendría el colgante.
El chino se escabulló en cuanto cayó la maroma. Era una mañana brumosa en la ciudad, y pronto Ah Wing se internó por una calle lateral iluminada por lámparas de gas amarillas. No había nadie a la vista salvo los dos hombres: el que guiaba y el que seguía.
Monte apretó la pistola en su bolsillo lateral y aceleró el paso. Quería enfrentarse a aquel ser terrible que había sembrado tal devastación entre los lobos.
La calle delante de ellos se inclinaba abruptamente, y en una esquina Monte vio la ornamentación roja y dorada de un restaurante chino. Entraban en Chinatown, y el perseguidor aumentó su velocidad involuntariamente. Claramente, los pasos secos del hombre delante flotaban hacia atrás. Monte estaba a menos de diez metros. Sacó la pistola del bolsillo…
Ah Wing giró hacia un pasaje estrecho entre dos edificios antiguos. Monte echó a correr y alcanzó la esquina. El chino debía haber corrido también en el instante en que estuvo invisible; pues ahora estaba lejos, hacia el extremo opuesto del pasaje. Monte levantó la pistola y apuntó. En ese mismo instante Ah Wing pareció desvanecerse en el aire, y Monte se lanzó hacia adelante.
Medio centenar de escalones de madera podrida descendían hacia un pasaje abovedado.
Monte se detuvo. ¿Saldría el chino por ese mismo camino? Quizá había venido a este lugar para ocultar justamente aquello que Monte había decidido arrebatarle…
Con ese pensamiento, el delincuente bajó resueltamente por la puerta abovedada, giró a la izquierda y comenzó a descender un pasaje inclinado.
Durante un tiempo pudo oír pasos delante de él. Luego se fueron apagando, y Monte comprendió que el hombre al que seguía había girado hacia un corredor lateral. Se apresuró. El pasaje se volvía cada vez más incierto en luz y firmeza. Alcanzó un túnel transversal y se detuvo.
Un sonido llegó desde la derecha. Monte dio unos pasos en esa dirección y volvió a escuchar.
Sintió que lo observaban. Se giró, y en ese instante algo lo golpeó sobre la sien.
Sin un sonido, el delincuente se desplomó en el suelo.
Ah Wing salió de un nicho y miró con desapego al hombre tendido a sus pies.
Agachándose, tomó de la mano relajada del lobo una pesada automática. La guardó en el bolsillo de su abrigo. Luego levantó el cuerpo inerte de Monte Jerome y continuó su recorrido subterráneo.
El camino descendía abruptamente, y el alto chino avanzaba con cautela. Pronto llegó a un lugar donde techo y paredes comenzaban a desmoronarse. Cambiando el peso en sus brazos, Ah Wing sacó una linterna y lanzó el haz pálido en la oscuridad. Un fragmento de cemento se desprendió y resonó contra el suelo brillante.
Ah Wing siguió hasta detectar signos de vida en la carga que llevaba. Se detuvo, colocó al bandido en el suelo húmedo y retrocedió por el pasaje hasta volver a ver el sitio donde la vieja mampostería cedía. Sacando la pistola de su bolsillo lateral, Ah Wing disparó deliberadamente tres veces contra el techo.
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El efecto fue instantáneo: con un estruendo, las paredes de roca se desplomaron, cerrando por completo aquella vía de escape. Ah Wing contempló el resultado con aparente satisfacción, luego arrojó la pistola entre los escombros.
Al acercarse al lugar donde Monte había estado tendido, vio que el lobo se incorporaba, mirando con ojos inyectados en sangre hacia la luz de la linterna eléctrica.
—Ah, amigo mío, ¿así que has regresado de la tierra de las sombras? —preguntó el chino—. Lamento haber tenido que recurrir a un método tan burdo para tratar contigo, pero el tiempo apremia. La obra ha llegado a su fin, señor Jerome. Todos tus camaradas se han adelantado, y ahora tú y yo hemos llegado al salón del juicio. Los Altos Dioses decidirán entre nosotros. Quizá nos condenen a ambos. ¿Quién sabe?
Se detuvo, volviéndose para mirar a lo largo del pasaje.
—Detrás de nosotros el camino está cerrado —prosiguió serenamente—. Delante yace el lugar de la prueba. Observarás que el pasaje parece terminar. Pero no es más que una ilusión: lo que parece suelo sólido es en realidad la Piscina de la Muerte. El techo desciende bajo el agua, pero antaño, quien estuviera decidido podía alcanzar la vida y la luz a través de la piscina. Ahora puede que el camino esté cerrado…
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Monte se levantó tambaleante.
—¡Demonio amarillo! —chilló—. ¿Quieres decir que un hombre debe intentar encontrar una salida bajo el agua?
Ah Wing inclinó la cabeza.
—Exactamente, señor Monte Jerome. ¡Verás que yo mismo enfrento las mismas probabilidades!
Se detuvo, mirando fijamente a su compañero. Desde la dirección de la piscina llegaba el sonido de un goteo constante. Un fragmento de mampostería cayó con estrépito, y el pasaje tembló.
—Ah —dijo de pronto el chino—, conozco el papel que has jugado en este asunto, ¡despojador de los indefensos! Déjame contarte una historia verdadera. Hace años, un niño chino fue expulsado por sus compatriotas porque tenía los ojos grises. Se decía que un demonio vivía en su cuerpo, y que traía desgracia a todos con quienes entraba en contacto. Ningún chino le dio siquiera una corteza de pan… y ningún hombre blanco: porque aunque sus ojos eran grises, su piel era amarilla.
Madame Celia lo acogió. Lo alimentó y le encontró trabajo. Años después regresó para pagar su deuda, y descubrió que su benefactora había muerto… en la penuria y la soledad. Aprendió los nombres de los hombres que la habían robado…
Monte Jerome comenzó a reír, con una voz aguda y estridente. Luego se detuvo, mirando hacia la oscuridad del pasaje superior.
—¿Quién está ahí? —gritó—. ¡Billy… Doc…!
Sus ojos parecían fijarse en algo que se acercaba lentamente. Sus labios cenicientos se movieron, y exclamó un nombre.
—¡Madame Celia! —aulló el lobo—. ¡Está ahí detrás de ti… me está señalando!
Se volvió y corrió a ciegas por el pasaje. Sus pies chapotearon en el borde de la piscina, perturbando la capa de escoria en su superficie. Luego, con un grito ahogado, desapareció.
Ah Wing cruzó los brazos y esperó. Por un tiempo la superficie de la Piscina de la Muerte se agitó, como si alguna criatura de las profundidades se debatiera allá abajo.
Luego, poco a poco, se volvió tranquila y, al mirar, un rostro blanco flotó en la superficie.
❖
Ah Wing se lanzó a la piscina sin vacilar un instante. Sabía que ningún hombre podía evadir su destino, y que si estaba escrito en las estrellas que debía morir una lenta muerte en París, no podría morir en un pozo bajo Chinatown.
Nadó con toda la fuerza y precisión de su cuerpo vigoroso, buceando cada vez más hondo y al mismo tiempo impulsándose hacia adelante. Cuando por fin emergía hacia la superficie, con el corazón latiendo con violencia y los pulmones clamando por aire, sintió el roce de la mampostería sobre él. Las piedras ásperas se engancharon en su ropa y lo retuvieron. Su mente perdía el control sobre el mecanismo de su cuerpo. Debía respirar—aire—agua—lo que fuera—
Entonces la barrera se inclinó abruptamente hacia arriba. Con una poderosa brazada, se impulsó hacia la parte superior de la piscina. Aún en completa oscuridad, salió del agua, aspiró una gran bocanada sofocante y se sintió descansar en el borde rocoso.
Las sombras de una tarde brumosa descendían sobre la ciudad cuando Ah Wing apareció en la cabecera de una calle estrecha que conducía a los muelles y la recorrió con paso firme. Pasó entre hileras de almacenes y se acercó a un muelle carcomido, construido sobre el agua.
Dos personas estaban allí, en las sombras de la noche; abajo, una esbelta lancha motora de alta mar se balanceaba en sus amarras. Ah Wing se volvió hacia una de las figuras. Era la del Coronel Knight.
El chino miró con desapego al hombre mayor. Cuando habló, sus palabras sonaron como la voz de un oráculo.
—En su bolsillo —dijo— hay un estuche de cuero que contiene lo que usted imagina ser el Colgante de la Resurrección. En realidad, el colgante no ha estado en su posesión desde que salió de su sueño drogado, en mi casa de los pantanos. El objeto que lleva es sin valor, y lo he traído aquí para que vea el final de esta cosa que ha traído la muerte a tantos.
Lentamente sacó de un bolsillo interior un estuche de marroquín, que abrió. En la noche destellaron como fuego aprisionado aquellas piedras incomparables, que tenían el poder de convertir a los hombres en demonios.
Ah Wing extendió la maravillosa creación sobre su mano y la sostuvo hacia el delincuente que tanto había pagado por ella. Luego, con un súbito movimiento de su brazo, lanzó el colgante lejos, sobre las aguas que se oscurecían.
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—¡Así que… se ha ido! —dijo—. Y ahora…
Pero al fin el hombre que estaba frente a él comprendió lo que ocurría. Con un movimiento convulsivo, sacó una caja de marroquín, réplica de aquella de la que Ah Wing había tomado las joyas. Abrió el estuche y arrebató la copia.
—¡Estas… estas…! —balbuceó.
—Una imitación bastante ingeniosa, Coronel Knight —comentó Ah Wing—. Pero si su vista no hubiera estado fallando, jamás lo habría engañado. Y eso nos lleva al último punto que debemos discutir. Lim, sostén al coronel hasta que termine.
El Coronel Knight se había vuelto hacia el borde del muelle, como si estuviera a punto de poner fin a su miseria.
—Ese camino de salida siempre está a su disposición, coronel —prosiguió Ah Wing—. Sin embargo, dudo que tenga el valor de usarlo cuando se le haya pasado la excitación. He descubierto que sus recursos financieros están agotados. Una vez al mes irá a On Wong, el banquero chino cuya dirección he escrito en esta tarjeta. Él le entregará veinte dólares, con los que subsistirá. Sus antiguos compañeros se han adelantado. Su pecado fue menos negro que el suyo; y por esa razón lo condeno a vivir, en lugar de condenarlo, como a ellos, a morir.
Cruzó hasta el borde de la plataforma y descendió rápidamente a la cubierta del crucero. Lim lo siguió y por un momento ambos se quedaron mirando hacia la figura encogida en el muelle.
❖
Seis meses después de esta escena final en el asunto de los Lobos del Anochecer, Ah Wing recibió en su dirección de Nueva York una carta de On Wong, el banquero. Se discutían varios asuntos de negocios, y luego On Wong añadía este párrafo:
“Le complacerá saber, venerable Hijo del Cielo, que el pensionado a quien mensualmente entregaba en su nombre la suma de veinte dólares ha partido al infierno de sus más honorables padres. Murió en gran miseria, clamando el nombre de una tal Madame Celia, Madre de los Desamparados.”
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."




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