EL HOMBRE QUE POSEÍA EL MUNDO - WEIRD TALES (1923)

 

EL HOMBRE QUE POSEÍA EL MUNDO - WEIRD TALES (1923)

El héroe de esta historia tuvo un hermoso sueño y un brusco despertar

EL HOMBRE QUE POSEÍA EL MUNDO

Por FRANK OWEN

Título original: THE MAN WHO OWNED THE WORLD

Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923

Pp. 26-27

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Conocí a John Rust por casualidad una tarde, en una callejuela cerca de Greenwich Village.

Era una noche miserable, el aire estaba extremadamente frío, y un viento racheado seguía golpeando contra mi rostro como si resentido de mi presencia. Y ahora comenzaba a llover, no lo bastante fuerte para obligar a abandonar la calle, pero sí lo suficiente para volverlo todo húmedo y lúgubre.

Pero a pesar de la tristeza de la noche, me detuve un momento ante el escaparate de una joyería, probablemente porque simplemente no puedo pasar frente a una ventana con gemas, cerámicas o viejos jarrones sin detenerme un instante. No había nada en el escaparate digno de mención, sólo un surtido heterogéneo de anillos baratos, brazaletes y cuentas vistosas de escaso valor. Sin embargo, me quedé allí, y fue entonces cuando alguien me agarró del brazo, y al volverme, la joyería, la tormenta, el frío, todo fue olvidado, pues estaba mirando el rostro de John Rust.

Era tan delgado que la piel de su cara parecía tensada sobre los huesos desnudos sin capa alguna de carne intermedia. Su rostro era absolutamente incoloro, incluso sus labios eran de un blanco azulado. Tenía una barba rala, amarillenta y de aspecto repulsivo. Incluso sin la enorme boca informe y las encías desdentadas, la barba bastaba para hacer su rostro desagradable.

Pero fue la luz antinatural, fanática, en sus ojos lo que se grabó con mayor claridad en la pantalla de mi memoria. No era humana, sino un resplandor tal como podría aparecer en los ojos de un maníaco o de un animal salvaje. Su atuendo parecía compuesto de retazos de las ropas de todos los vagabundos de la tierra. Y, sin embargo, llevaba un bastón y lo hacía girar alegremente como si fuese un objeto de gran importancia.

—¿Llamas a eso joyas? —exclamó ásperamente con una voz hecha de notas falsetes—. ¡Esas ni siquiera son dignas de ser arrojadas a los cerdos que se revuelcan en mil pocilgas a más de una milla de mi castillo! Ven conmigo y te mostraré gemas más maravillosas que las Joyas de la Corona de la Vieja Rusia, más espléndidas que la colección de Cleopatra y más lujosas que el célebre collar de Helena de Troya. Después de ver mis joyas, te reirás de lo que no es más que una colección de baratijas.

Por impulso del momento, dije:  

—Iré contigo, pero antes de marcharnos, sugiero que comamos algo. Pareces hambriento.

Encogió los hombros.  

—¡Este día —gritó— he bebido tres perlas fundidas en copas doradas del vino más raro! Pero si deseas comer, iré contigo. Todos los restaurantes cercanos son míos.

Así que fuimos a la Chop House de Messimo y comimos, aunque no puedo recordar qué. Al salir, John Rust se enfureció bastante porque yo pagué la cuenta.  

—Eso fue una tontería —tronó—, ¿acaso no te dije que el restaurante me pertenece? Esta noche quiero que seas mi invitado.

Me condujo entonces a través de un laberinto de callejones y estrechas calles.

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—«Vivo apartado de las turbas aullantes —me dijo—, para que mi sueño no sea perturbado. Cada mañana me despierta un muchacho tan hermoso como Narciso, que toca un himno al Sol en un arpa forjada en oro y platino y engastada con ciento treinta y tres diamantes rosados. En lo alto del arpa hay un único diamante azul cuadrado de cuarenta quilates, el más fino del mundo. Representa la Estrella Matutina. Las cuerdas del arpa son los rayos del sol. Los diamantes rosados representan los reinos individuales sobre los cuales yo reino.»

Mientras hablaba, llegamos a un agujero en el suelo, un sucio sótano antiguo. Debo confesar que sentí un estremecimiento de terror al seguir a John Rust por una escalinata de piedra resbaladiza, más traicionera y empinada que la fachada de Gibraltar.

Algo —no sé qué— correteó sobre mis pies y se lanzó chillando hacia la negrura que nos envolvía como las sombras en una tumba recién abierta. Oí a John Rust forcejeando en la oscuridad, y tras una eternidad de espera, encendió un fósforo y prendió una vela. Al hacerlo, exclamó:

—«¡He aquí mi cámara del tesoro!»

A la tenue luz de la vela, que hacía danzar la silueta de John Rust en la pared como el retozo de un demonio, miré a mi alrededor. El sótano estaba absolutamente vacío, salvo que las telarañas de un siglo pudieran considerarse cortinajes. Por los peldaños de piedra la lluvia nocturna goteaba monótonamente.

—«¡Mira!» —chilló casi histérico John Rust—, «¡mira estos diamantes, zafiros, jades tallados, corales raros, turmalinas, esmeraldas y espléndidos lapislázulis! ¿Ha contemplado jamás mortal alguno una colección más fina que ésta? Aquí hay más riqueza de la que incluso Midas soñó. El Gaekwar de Baroda, comparado conmigo, carece de joyas; el Dalai Lama del Tíbet es un mendigo cuando la luz de mi riqueza brilla sobre él. Todos los tesoros de Roma son insignificantes frente a los míos. ¡Los incas del Perú poseían menos de lo que yo reparto en un solo año entre los pobres!»

Apretaba entre sus manos los trozos de ceniza, carbón y guijarros que se le escurrían entre los dedos, la riqueza que los dioses le habían prodigado tan generosamente.

—«Dime» —gritó con voz ronca—, «¿no quedan cegados tus ojos por el fulgor de mis piedras?»

—«Mi sorpresa ante lo que me dices es aguda» —declaré con sinceridad—. «Apenas encuentro palabras para expresar mis pensamientos.»

—«No lo intentes» —dijo John Rust con grandilocuencia—. «Los más grandes retóricos que el mundo haya conocido jamás han inventado palabras siquiera para sugerir su verdadera magnificencia… Y este tesoro no es todo lo que poseo. ¡Yo soy dueño del mundo! Cada castillo de Roma o Venecia es mío; cada pradera de Inglaterra, cada páramo de Escocia, cada ciudad de América, me pertenece. Ven» —concluyó bruscamente—, «ven conmigo y te mostraré mi baño privado, una piscina como la que ni Marco Antonio ni el poderoso César jamás soñaron.»

Debo confesar que suspiré de alivio cuando me condujo de nuevo por los gastados peldaños de piedra. Era bueno volver a estar al aire libre, aunque llovía tan intensamente como cuando Noé zarpó.

John Rust me llevó de regreso a Washington Square, hasta la fuente en el centro del parque.

—«Éste» —explicó—, «es mi baño, sombreado por mirtos y palmeras y en el corazón de una arboleda donde cantan diez mil aves. Entre las siete maravillas del mundo no hay nada que iguale esto. Soy mejor que Montecristo, pues mientras él sólo se jactaba al exclamar: “¡El mundo es mío!”, yo puedo probar mi derecho a él.»

Durante los días que siguieron, me encontré varias veces con John Rust, y aunque no puedo decir que me recordara, de todos modos me hablaba, lo cual era en realidad todo lo que deseaba. Creía que todas las personas de la gran ciudad eran sus esclavos, y esta equivocación fue la causa directa de su ruina.

Mientras sus excentricidades fluyeron por un cauce inofensivo, permaneció sin ser molestado; pero un día golpeó a uno de sus súbditos con su cetro. El cetro era un fuerte bastón de roble, y el súbdito en cuestión era un enorme y fornido repartidor de hielo que se opuso enérgicamente a ser disciplinado. Armó tal alboroto que fue necesaria la intervención de dos policías para sofocar su motín personal.

Tras el caos, el repartidor de hielo continuó con su ruta, pero John Rust fue detenido hasta que llegó la patrulla. Él creía que era un carro de oro, que la multitud reunida había acudido para envidiar a César, y así subió con toda majestad como si estuviera a punto de dirigirse al Coliseo como huésped supremo del pueblo en día de fiesta.

Con el paso de las semanas, un gran especialista en el cerebro, interesado en el caso, examinó a John Rust y afirmó que podía ser normalizado con éxito mediante una simple operación. Explicó acerca de la presión de un hueso sobre algún punto vital del cerebro, cuya extracción aseguraría el retorno de la racionalidad.

La operación se realizó con éxito y, finalmente, John Rust salió del hospital convertido en un viejo marchito y quebrado, completamente curado.

Regresó a su sótano. Lo primero que pensaba hacer era vender sus joyas y depositar el dinero en un banco confiable, pues aún conservaba la memoria de sus joyas, aunque la alucinación de que poseía el mundo había sido borrada por completo de su mente.

Así volvió a su sótano, sólo para encontrar montones de piedras sin valor y cenizas. Gritó en su angustia. ¡Había sido despojado de todas sus joyas! Por un momento pareció dudoso que su recién hallada cordura pudiera resistir el torrente de sus delirios: toda su enorme riqueza había desaparecido como la esencia de un sueño. Ahora la vida no contenía nada para él. No tenía parientes ni amigos. Había vivido en su mazmorra por más de diez años. Nadie sabía de dónde había venido. Durante horas, quizá incluso días, permaneció sentado, gimiendo y lamentándose tan terriblemente como cualquier mujer por un hijo perdido.

Meses después lo encontraron muerto una mañana en su sótano, tendido boca abajo entre las cenizas. Había muerto de pena, en la más abyecta pobreza, aquel hombre que una vez había poseído el mundo y tenido diez millones de esclavos.

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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