LA SILLA - WEIRD TALES (1923)
Una electrocución, descrita vívidamente, Por un testigo ocular
LA SILLA
❖ ❖ ❖
El Dr. Harry E. Mereness, quien escribió esta descripción realista de una electrocución, fue médico en la prisión de Sing Sing durante seis años, y en ese periodo asistió oficialmente a sesenta y siete ejecuciones en la silla eléctrica—un récord que nunca ha sido igualado. Entre las muchas ejecuciones célebres que presenció estuvieron las del teniente Becker del Departamento de Policía de Nueva York y los cuatro pistoleros en el caso Rosenthal. Antes de su muerte, atendió a los prisioneros en las celdas de condenados.
“El prisionero promedio, al acercarse al momento de la ejecución,” dice el Dr. Mereness, “se encuentra en una neblina mental o en un delirio salvaje producido por el miedo a la muerte. En dos casos, sin embargo, esto faltó. Ambos hombres, después de ser asegurados en la silla, dijeron: ‘¡Adiós, Doc!’”
La manecilla de los minutos en mi reloj marca las 5:44 a. m. Estoy de pie en línea directa con la silla.
Dirijo mi mirada hacia el lado izquierdo de la sala y por un pasillo corto, estrecho y de muros gruesos que comunica las celdas de los condenados con la cámara de ejecución. Hay varios guardias de pie en silencio, y a mi derecha, detrás de una cuerda tendida a través de la sala, se sientan los testigos.
Hay una tensión en el aire mismo de la cámara. Reina un silencio absoluto. Pasan unos segundos, eternamente largos.
Entonces llega un sonido—un apagado “Adiós a todos.” El sonido alcanza los oídos de los testigos, quienes involuntariamente se enderezan en sus asientos; se oye un leve arrastre de pies, y uno de los testigos, quizá un poco más nervioso que los demás, carraspea. Todos están ahora intensamente alerta.
Oigo el canto del sacerdote—la respuesta del condenado—la respuesta baja, temblorosa y quebrada: “Ten piedad de mí.”
La pequeña procesión entra ahora en el pasillo. Veo al condenado—en calcetines, y con la pierna derecha del pantalón colgando, lúgubremente ridícula, pues ha sido cortada hasta la rodilla para facilitar la aplicación del electrodo en la pierna. Va entre el subalcaide y su asistente, cada uno sosteniendo un brazo mientras avanzan lentamente hacia la cámara de la muerte.
Al ver la silla fatídica y fatal, el condenado se encoge involuntariamente, pero los guardias están preparados para ello y su sujeción se vuelve un poco más firme. No hay pausa en su paso, y a tan solo cinco pasos de distancia, inanimada, portentosa y ominosa—¡la silla!
Tras la primera visión—después de esa aguda y temblorosa aspiración de aire—la mirada del condenado recorre la sala. Su expresión persigue a quien la observa. Se siente que es a la vez omnividente y ciega. El miedo a la muerte—una emoción definida—se manifiesta aquí de una manera que pocos han contemplado. Hay una absoluta sensación de final en esa mirada.
-110-
Sus ojos se posan sobre ti. Sientes que te ve, pero que eres simplemente una de las imágenes que componen el último cuadro transmitido a su cerebro. No hay reconocimiento en esa mirada—solo una vaga, desesperanzada y aparentemente vacía expresión, pero una que parece captar los contornos nítidos de las personas y objetos en la sala, sin reconocer rasgos ni detalles.
Para mí, ese rápido examen de su entorno, esa última mirada del desdichado ser en el umbral mismo de su encuentro con Dios, es lo más desgarrador de todos los horribles detalles ligados a la ejecución del decreto de la Ley creada por el hombre.
Mi reloj marca las 5:45 a. m. El condenado está sentado en la Silla. Los guardias trabajan con rapidez, dos a cada lado y uno en la cabecera de la Silla. Se aseguran las correas de los brazos, luego las de las piernas, después la correa del rostro, que tiene una abertura para la barbilla y cuya parte superior, misericordiosamente, cubre los ojos.
La capucha, un objeto blando y flexible hecho de una fina malla de cobre y forrado con esponja humedecida en agua salada, se coloca sobre la cabeza y se moldea a su contorno. A un borne de la capucha se ajusta el grueso cable que transmite la terrible corriente desde el dinamo en una parte distante de la prisión. En la pierna derecha desnuda se aplica otro electrodo y se conecta.
Ha transcurrido un minuto completo desde que escuché el “Adiós a todos.” Los guardias han terminado su tarea. Mis notas ahora dicen: “Entrada 5:44:10. Silla y asegurado 5:45:00.”
“Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de mí,” canta el sacerdote. Y: “Ten piedad de mí,” llega la respuesta rota, casi inaudible e inarticulada.
Mantengo mi posición, libreta y reloj en la mano izquierda. Estoy de pie al lado derecho, en línea directa con la Silla. La Silla y su ocupante, el electricista y yo formamos un ángulo recto. Ocupo el vértice, pues en los extremos de las líneas que forman ese ángulo están las dos cosas que requieren mi atención indivisa—el electricista y el condenado. Desde mi punto de observación puedo verlos a ambos. Mis ojos están sobre el condenado.
Siento la mirada del electricista sobre mí. Tengo un nuevo lápiz amarillo brillante—recién afilado. Es absolutamente necesario para mis notas. Lo sostengo vertical sobre mi libreta y observo al ocupante de la Silla. La abrumadora tensión mental, unida al conocimiento de la proximidad de la muerte, tiene un efecto temible sobre la víctima de la Silla. Con cada rápida inspiración, los hombros se elevan ligeramente, y al expirar se hunden. Este es el instante que he esperado—los pulmones están prácticamente vacíos de aire. Inclino rápidamente mi lápiz de la posición vertical hacia la horizontal.
Hay un repentino chasquido, el cuerpo en la Silla se endereza, y de la boca surge un bajo silbido sibilante; las correas crujen, y uno siente que si se rompieran el cuerpo sería catapultado sobre la cuerda y entre los testigos.
Durante diez segundos la alta corriente de mil ochocientos cincuenta voltios y ocho a nueve amperios está activa; luego, durante cuarenta segundos, el voltaje se reduce a doscientos.
En ese lapso el cuerpo se hunde perceptiblemente; al cabo de cuarenta segundos la corriente se incrementa de nuevo, y el cuerpo vuelve a enderezarse y a tensarse contra las correas. Tras los últimos diez segundos del minuto fatal, la corriente se corta.
¡El cuerpo en la Silla realmente se contrae ante tus propios ojos! Me acerco a la Silla; un guardia rasga la camisa y deja al descubierto el pecho. Al colocar mi estetoscopio sobre el corazón soy consciente de que el cuerpo está intensamente caliente. Sé por experiencia que el calor generado por la rapidez del paso de la corriente ha elevado la temperatura de subnormal a entre 120 y 130 grados.
Oigo un golpeteo tumultuoso y acelerado—posiblemente pueda contar los latidos. Levanto la correa del rostro y con el pulgar y el índice separo los párpados. Los ojos están vidriosos, pero las pupilas son pequeñas. Palpo las grandes arterias del cuello. Sigo percibiendo una pulsación que me indica que las fuerzas vitales aún no han cesado.
Mis notas ahora dicen: “Primer contacto—un minuto—5:45:10—5:46:10.”
Me aparto de la alfombra de goma y asiento con la cabeza al electricista; la corriente se aplica de nuevo, esta vez durante cinco segundos. Cuando escucho ahora sobre el corazón, me recuerda a un reloj que se está deteniendo; los latidos son más débiles—se vuelven más lentos—comienzan a saltarse—ya no logro sentir la pulsación en el cuello—hay un velo más pesado sobre los ojos—las pupilas, pequeñas y contraídas un momento antes, están ahora ampliamente dilatadas. La cabeza descansa sobre los hombros, y el rostro se dirige hacia la lámpara de araña con sus muchas luces, pero no hay reacción en la pupila cuando la luz brillante golpea el ojo—permanece abierta y grande. Los músculos del rostro están rígidos, y la saliva escurre por las comisuras de la boca.
Coloco de nuevo mi estetoscopio sobre el pecho, pero ningún sonido llega a mi oído. Escucho durante cinco—diez—veinte segundos. No hay nada; todas las reacciones vitales han desaparecido.
Se invita a los médicos entre los testigos a escuchar; se toman su tiempo, pues ya no hay razón para apresurarse. Tras el último, realizo un examen final. Es como antes—nada.
Mis notas ahora dicen: “Segundo contacto:—5 segundos—5:47:00. Declarado muerto a las 5:52:00.”
Me vuelvo hacia el alcaide y digo: “Declaro a este hombre muerto.”
La ley ha sido cumplida.
La tensión general se disipa. Los guardias desabrochan rápidamente las correas y llevan el cuerpo a la sala de autopsias, y tras colocarlo sobre la mesa de piedra comienzan a quitarle la ropa. El murmullo de la conversación se vuelve general. Los testigos se retiran.
Comienzo la autopsia, con la certeza de que mi informe será: “Autopsia sobre el cuerpo de ——— No. ———, condenado por asesinato en primer grado y hoy ejecutado en esta prisión, mostró que todos los órganos y tejidos eran normales.”
Al iniciar mi larga incisión, siempre me asalta el pensamiento: “Esto también debe hacerse porque lo ordena la Ley,” y surge la invariable pregunta: “¿Es realmente la Ley, o es para asegurar el cumplimiento de la Ley?”
En otras palabras, si la Silla falla, la autopsia triunfa.
❖
Queda poco por contar. Los periódicos vespertinos dirán que “Fulano de tal, condenado por asesinato en primer grado y sentenciado a muerte, fue electrocutado en la prisión de Sing Sing temprano esta mañana.” Relatarán la macabra historia del crimen y narrarán cómo el asesino, con paso firme, entró en la cámara de ejecución a las 5:44:10 a. m., y fue asegurado en la silla a las 5:45:00 a. m.
Estos detalles son correctos. Puedo dar fe de ello, pues permito que los reporteros tomen mis notas, que son oficiales, y ellos copian los datos e incorporan la información en sus crónicas.
Sin embargo, invariablemente adornan el “primer contacto,” de modo que sus relatos suelen leerse más o menos así: “A las 5:45:10 el alcaide Blank accionó el interruptor, presionó el botón, o dejó caer su pañuelo como señal” (siempre es una de esas tres).
Bueno, en realidad me alegra que lo atribuyan al alcaide, y me siento mejor de que yo y mi nuevo lápiz amarillo brillante, recién afilado, hayamos sido pasados por alto.
✠═════ FIN ═════✠
-111-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."
Comentarios
Publicar un comentario